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Esta mujer es completamente feliz viviendo sola en una pequeña isla del Atlántico

Zoe Lucas lleva más de cuarenta años aislada de la sociedad, pero en realidad no está sola porque comparte su vida con los cientos de caballos que habitan la isla

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Esta mujer es completamente feliz viviendo sola en una pequeña isla del Atlántico

Zoe Lucas lleva más de cuarenta años aislada de la sociedad, pero en realidad no está sola porque comparte su vida con los cientos de caballos que habitan la isla

 

Rocio Barquilla

30/11/2018

Normalmente el aislamiento social daña la salud de las personas. Sin embargo, la soledad es generalmente perjudicial cuando es forzada. Es decir, cuando la persona no ha decidido aislarse por sí misma, sino que es fruto de las circunstancias.

Por otro lado, cuando uno desea estar solo, la soledad puede convertirse en un paraíso terrenal. Además, estar acompañado no tiene por qué significar que la compañía es humana. El mundo está lleno de seres vivos sintientes con los que podemos conectar e interactuar.

Tal es el caso de Zoe Lucas, que lleva cuarenta años viviendo sin contacto humano en la isla de Sable, una isla en mitad del Atlántico que forma parte de Canadá.

En realidad Zoe no vive sola, porque se encarga de estudiar y de cuidar a los más de 400 caballos salvajes que comparten la isla con ella.

Se cree que estos caballos llegaron a Sable en el XVIII para ayudar en el montaje de una estación de salvamento cuando la isla todavía estaba habitada. Una vez los humanos abandonaron el lugar, los caballos se quedaron solos y comenzaron a repoblar la isla.

Una de las razones por las que la isla quedó deshabitada, es sus adversas condiciones climatológicas. De hecho, se la conoce como “el cementerio del Atlántico” por la cantidad de barcos que han encallado en sus costas.

Un tercio del año la isla queda sumergida bajo una niebla densa y el territorio es tan inexpugnable que normalmente sólo se puede acceder a la isla por helicóptero.

Zoe Lucas se enamoró de la isla de Sable cuando la visitó por primera vez a los 21 años. Años más tarde consiguió regresar para trabajar como cocinera en un proyecto de investigación y terminó formando parte del equipo de restauración de la zona.

Cuando el resto del equipo decidió abandonar la isla Zoe se quedó para estudiar la vida de aquellos misteriosos caballos salvajes. Desde entonces, un helicóptero le proporciona comida cada dos semanas y a veces recibe visitas de los conservadores de los parques nacionales de Canadá.

“Me divierte mi trabajo. Y cuando utilizo la palabra 'trabajo' es porque de alguna manera la gente entiende mejor esa palabra. Yo exploro, es lo que quiero hacer, y de hecho no me pagan gran parte de esa labor. Si no me pagaran nada aun así querría hacerla. No necesito tener tiempo libre porque me gusta lo que hago”

Además de compartir su vida con los caballos, también está rodeada de otros animales que habitan la isla: pájaros de distintas especies, miles de focas que se divierten en la orilla y otros animales autóctonos de la isla.

Ni si quiera necesita las visitas esporádicas de sus compañeros canadienses. Lo deja muy claro en una de sus entrevistas:

—¿Echas de menos estar rodeada de gente?

—No (risas)

Y ustedes ¿piensan que podrían retirarse en soledad sin la compañía de ningún otro ser humano?

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